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Cómo apoyar a un hijo o hija adulta con un trastorno alimentario

Cuando un hijo o una hija cumple 18 años, muchas familias sienten que se produce un cambio brusco. Cambia la ley, cambian las normas del sistema sanitario… pero el trastorno alimentario no desaparece. La enfermedad sigue presente y la necesidad de apoyo continúa siendo fundamental.

Este momento suele vivirse con confusión, miedo y mucha sensación de soledad. Por eso es importante decirlo con claridad:
la mayoría de edad no elimina la necesidad de acompañamiento familiar.

Un cambio legal que no siempre encaja con la realidad clínica

Durante la adolescencia, las familias suelen formar parte activa del proceso terapéutico. Reciben información, participan en decisiones y cuentan con recursos más adaptados.

Al alcanzar la mayoría de edad, el marco legal cambia:

  • La persona puede aceptar o rechazar el tratamiento.

  • El equipo profesional no puede compartir información clínica sin consentimiento.

  • Los recursos para personas adultas suelen ser más escasos o menos integrales.

Desde la experiencia clínica, este cambio resulta difícil de comprender: una persona con un trastorno alimentario sigue necesitando tratamiento y apoyo, tenga 18, 25 o 40 años.

Cómo viven esta etapa madres, padres y personas cuidadoras

Muchas familias expresan sentirse desorientadas y apartadas del proceso, aun sabiendo que algo no va bien. Pasan de estar informadas a no saber cómo ayudar ni qué hacer.

Además, existe una presión social implícita para “retirarse” cuando el hijo o hija ya es legalmente adulto o adulta. Sin embargo, la evidencia y la experiencia clínica muestran que el apoyo familiar sigue siendo un factor protector clave.

Acompañar no es invadir, pero tampoco es desaparecer.

Retos habituales cuando la persona ya es adulta

Algunos de los desafíos más frecuentes son:

  • Vivir fuera del domicilio familiar.

  • Mantener una aparente autonomía que puede ocultar una situación de riesgo.

  • Negar la gravedad del problema o rechazar ayuda.

  • El desgaste emocional acumulado de quienes cuidan.

Todo ello puede generar impotencia, miedo y agotamiento, especialmente cuando las familias sienten que están solas.

Acompañar sin controlar: la importancia de los límites

Apoyar no significa permitir cualquier conducta. En determinados casos, las familias pueden utilizar su capacidad de influencia, especialmente cuando existe dependencia económica (alquiler, estudios, seguro médico, etc.).

Establecer condiciones claras —como mantenerse en tratamiento, evitar conductas de riesgo o realizar seguimientos médicos— no es castigar, sino cuidar. Para que los límites sean útiles, es importante que sean:

  • Claros y explícitos.

  • Coherentes y realistas.

  • Sostenidos en el tiempo.

Poner límites también es una forma de amor y responsabilidad.

La relación con el equipo profesional

Aunque el equipo profesional no pueda compartir información clínica sin consentimiento, sí puede y debe escuchar a las familias. Las observaciones de madres, padres y personas cuidadoras aportan información muy valiosa sobre la evolución y los riesgos.

También pueden explorarse alternativas, como:

  • Favorecer la firma de un consentimiento informado.

  • Solicitar espacios de coordinación para trasladar preocupaciones.

Cuando existe voluntad de colaboración, es posible integrar a las familias dentro de los márgenes legales, favoreciendo un abordaje más completo.

El papel de la familia sigue siendo fundamental

Acompañar a una persona adulta con un trastorno alimentario es diferente a hacerlo durante la adolescencia, pero no es menos importante. La presencia, la coherencia, el acompañamiento emocional y la capacidad de sostener límites siguen siendo elementos clave en el proceso de recuperación.

Acompañar no es controlar.
Pero tampoco es retirarse.

El apoyo a las familias desde ACABE Gipuzkoa

En ACABE Gipuzkoa sabemos que acompañar a un hijo o hija con un trastorno alimentario es un proceso largo y emocionalmente exigente. Por eso, además de la atención individual, contamos con grupos de apoyo dirigidos a madres y padres, donde pueden:

  • Compartir experiencias con otras familias.

  • Sentirse escuchadas y comprendidas.

  • Recibir orientación profesional.

  • Aprender a cuidarse mientras cuidan.

Estos espacios ayudan a reducir la soledad, el desgaste emocional y la sensación de culpa, y refuerzan el papel de la familia como parte activa del proceso de recuperación.

Si te encuentras en esta situación, recuerda: no estás sola ni solo. Pedir apoyo también es una forma de cuidado.

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